Obesidad más allá del peso
Obesidad más allá del peso: por qué la
balanza no cuenta toda la historia
El peso es un dato importante, pero no alcanza para conocer la salud de una persona.
La distribución de la grasa, su funcionamiento y sus efectos sobre el organismo ayudan a entender por qué dos personas con el mismo peso pueden tener riesgos diferentes.
Una persona se realiza un chequeo y descubre que tiene la glucosa elevada, aunque su peso siempre estuvo dentro del rango considerado normal.
Otra vive con obesidad y, por el momento, sus controles de presión arterial, azúcar y colesterol no muestran alteraciones. ¿Cómo pueden darse situaciones tan distintas?
La explicación es que el peso corporal no describe por completo lo que ocurre dentro del organismo.
Tampoco permite saber, por sí solo, cuánta grasa tenemos, dónde se encuentra o cómo está afectando nuestra salud.
Comprender estas diferencias permite evaluar mejor a cada persona, detectar problemas que podrían pasar inadvertidos y orientar el tratamiento hacia objetivos que van más allá de bajar kilos.
Qué nos dice el índice de masa corporal y cuáles son sus límites
El índice de masa corporal, conocido como IMC, relaciona el peso con la altura. Se calcula dividiendo el peso en kilogramos entre la altura en metros elevada al cuadrado.
En adultos, la clasificación habitual identifica sobrepeso a partir de un IMC de 25 y obesidad a partir de 30.
Es una herramienta sencilla y útil para una primera valoración y para estudiar lo que ocurre en grandes poblaciones.
Sin embargo, la propia Organización Mundial de la Salud reconoce que otras mediciones, como la circunferencia de la cintura, pueden complementar la evaluación.
Su principal limitación es que no distingue la grasa del músculo ni muestra cómo se distribuye la grasa corporal.
Dos personas con la misma altura y el mismo peso pueden tener una composición corporal diferente.
Por ejemplo, una persona con mucha masa muscular puede presentar un IMC elevado sin tener un exceso importante de grasa.
En cambio, alguien con poca masa muscular puede tener un IMC dentro del rango habitual y acumular grasa abdominal.
El IMC aporta información valiosa, pero necesita interpretarse junto con la historia clínica, el examen físico y otros indicadores de salud.
Por qué importa dónde se acumula la grasa
El tejido adiposo es mucho más que una reserva de energía.
Participa en la regulación del metabolismo y produce señales que se comunican con otros órganos.
Su capacidad para almacenar energía y su localización influyen en sus efectos sobre la salud.
Grasa abdominal y visceral
Una parte de la grasa abdominal se encuentra debajo de la piel. Otra se sitúa en el interior del abdomen, alrededor de los órganos: es la grasa visceral.
Una mayor acumulación de grasa visceral suele acompañarse de resistencia a la insulina, alteraciones de los triglicéridos y del colesterol, presión arterial elevada y mayor riesgo cardiometabólico.
También puede acumularse grasa en lugares donde normalmente debería existir en cantidades pequeñas, como el hígado.
A esto se le llama depósito de grasa ectópica y puede interferir con el funcionamiento de los tejidos.
Por eso, el aumento de la cintura merece atención incluso cuando la balanza no muestra grandes cambios.
Grasa en caderas, glúteos y muslos
La grasa ubicada debajo de la piel en la región de las caderas, los glúteos y los muslos suele asociarse con un perfil metabólico más favorable que la acumulación visceral.
Una posible explicación es que estos depósitos pueden almacenar energía con menor repercusión sobre otros órganos.
Sin embargo, esto no significa que una determinada forma corporal garantice protección ni que un exceso importante de adiposidad carezca de consecuencias.
La distribución de la grasa ayuda a estimar el riesgo, pero no reemplaza una evaluación médica.
¿Se puede tener un peso normal y presentar problemas metabólicos?
Sí. Un peso dentro del rango habitual no descarta hipertensión, alteraciones de la glucosa, triglicéridos elevados o hígado graso.
En algunas personas, estos problemas coinciden con una acumulación central de grasa que el IMC no refleja adecuadamente.
En otras intervienen factores diferentes, por lo que no corresponde atribuir cualquier alteración metabólica al tejido adiposo.
La idea práctica es sencilla: los controles de salud no deberían depender únicamente de cómo se ve una persona o de cuánto pesa.
Los antecedentes familiares, la presión arterial, la distribución de la grasa y los resultados de los estudios indicados por el profesional aportan información que la apariencia no puede ofrecer.
¿Qué significa tener obesidad “metabólicamente saludable”?
Esta expresión se utiliza para describir a personas con obesidad que, según los criterios empleados, no presentan determinadas alteraciones metabólicas, como presión elevada, glucosa alterada o un perfil de lípidos desfavorable.
El concepto ayuda a reconocer que la obesidad no se manifiesta de la misma manera en todas las personas. Sin embargo, puede llevar a una interpretación equivocada si se entiende como ausencia total de riesgo.
Unos análisis normales no informan por completo sobre la respiración durante el sueño, la movilidad, las articulaciones o la capacidad de realizar actividades cotidianas.
Además, el estado metabólico puede cambiar con el tiempo.
Por eso, es más útil hablar de la situación actual de salud y de su evolución que utilizar etiquetas que sugieran una protección permanente.
Obesidad clínica y preclínica: una propuesta para precisar el diagnóstico
En enero de 2025, una comisión internacional publicada en The Lancet Diabetes & Endocrinology propuso distinguir dos situaciones:
• Obesidad clínica: existe exceso de adiposidad que provoca alteraciones en el funcionamiento de
órganos o tejidos, o limitaciones importantes de las actividades cotidianas.
• Obesidad preclínica: existe exceso de adiposidad, pero la función de los órganos está conservada y no hay enfermedad actual atribuible a ese exceso.
Puede haber un riesgo futuro que requiere valoración y seguimiento.
Este marco busca identificar con mayor precisión quién presenta una enfermedad ya establecida y quién necesita intervenciones preventivas según su riesgo.
Es una propuesta de consenso que complementa el debate diagnóstico; no significa que todas las guías hayan abandonado los criterios basados en el IMC.
Tampoco debe confundirse “preclínica” con “metabólicamente saludable”: evaluar la función de los órganos y las limitaciones de la vida diaria es más amplio que revisar la glucosa y el colesterol.
Por qué el cuerpo puede cambiar aunque el peso se mantenga
Con el paso de los años, puede aumentar la proporción de grasa abdominal. Si al mismo tiempo disminuye la masa muscular, el peso total puede variar poco y ocultar cambios relevantes en la composición corporal.
Esto ayuda a entender por qué mantener durante años el mismo número en la balanza no garantiza que el estado de salud siga siendo idéntico.
En las personas mayores, una evaluación centrada exclusivamente en el peso puede pasar por alto tanto la acumulación de grasa central como la pérdida de músculo.
La fuerza, la movilidad y la capacidad funcional también deben formar parte de la valoración.
Las calorías importan, pero no explican toda la historia
El balance energético describe la relación entre la energía que ingresa con los alimentos y la que utiliza el organismo.
Cuando existe un excedente sostenido, puede aumentar la energía almacenada.
Sin embargo, esa descripción no explica por sí sola por qué una persona come más de lo que necesita, siente mayor hambre o tiene dificultades para mantener los cambios.
La genética, la regulación del apetito, determinados medicamentos y las condiciones del entorno pueden influir.
También importan el acceso a alimentos saludables y las oportunidades reales de mantenerse activo.
La OMS reconoce la obesidad como una enfermedad crónica y compleja, en cuyo desarrollo interactúan factores biológicos, conductuales y ambientales.
El material de base destaca, además, el papel de un entorno que promueve el consumo constante: alimentos de alta densidad energética fácilmente disponibles, publicidad sostenida y rutinas que dificultan el movimiento.
Entender ese contexto permite proponer cambios realistas y acompañar a la persona sin reducir sus dificultades a una supuesta falta de voluntad.
Cómo debería evaluarse la salud más allá de la balanza
Una consulta puede comenzar con el peso y la altura, pero necesita explorar otros aspectos.
Según la situación de cada persona, el profesional puede valorar:
• La evolución del peso y de la cintura: cuándo comenzaron los cambios y cómo progresaron.
• La presión arterial y los indicadores metabólicos: glucosa y perfil de lípidos, entre otros estudios que correspondan.
• Los antecedentes y tratamientos: enfermedades previas, historia familiar y medicamentos utilizados.
• La función física: movilidad, fuerza y dificultades para las actividades cotidianas.
• Los síntomas y el descanso: problemas que puedan orientar hacia complicaciones o hacia otras enfermedades.
• La alimentación y el contexto cotidiano: hábitos, posibilidades económicas y barreras para sostener cambios.
No todas las personas necesitan los mismos estudios. El propósito es reunir la información necesaria para comprender el riesgo y elegir una intervención adecuada.
Qué cambia en el tratamiento y el seguimiento
Una evaluación más completa permite establecer objetivos más útiles que alcanzar un número aislado.
Según el caso, puede ser prioritario reducir la adiposidad abdominal, mejorar los indicadores metabólicos, conservar la masa muscular o recuperar capacidad para caminar y realizar actividades habituales.
El abordaje puede incluir apoyo nutricional, actividad física adaptada, estrategias para sostener hábitos y, cuando corresponda, medicamentos o cirugía. La elección requiere una valoración individual y seguimiento profesional.
Durante los controles, conviene revisar tanto el peso como los cambios en la salud y en la vida cotidiana.
Una mejor movilidad o un mejor control metabólico también son resultados relevantes.
Podés comenzar la conversación con tu médico con una pregunta concreta: “Además de mi peso, ¿qué deberíamos evaluar para conocer mi riesgo y cuidar mejor mi salud?”